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Llevo algunos días lejos de casa, la ropa me queda igual, la comida me sabe igual y no puedo olvidar tan fácilmente quien solía ser. Me cuesta un poco más concentrarme en clases, siento que el mundo se detiene por unas horas y se me olvida que estoy fuera del país, que estaré fuera del país por un rato. O que tal vez, ya no quiera regresar.
Me hace pensar en todos esos momentos que viví en el 2023. Pensé tanto en mi regreso, que mi prima me tatuó el número veintitrés en la parte trasera de mi pierna izquierda, justo arriba del tobillo, en la primera semana que llegué. Dormí en alrededor de cuatro sofás diferentes, por alrededor de dos semanas, en tres ciudades; Ámsterdam, Groninga y Utrecht. Sofás que no dejaron de sentirse como mi casa. No sé en qué momento aprendí a dormir en la calle o a estar tan tranquila en mi cabeza, es como si los árboles de los países bajos limpiaran mis orificios, calmando mi conciencia.
Hace algunos meses que no escribía, y no quiero dejar de hacerlo, extraño mis discos de vinilo y los artículos que ocasionalmente leía en mi casa por la editorial de la UNAM.
Pero lo que realmente extraño es escucharte, es escuchar tu risa y regañarte por darle vueltas a mi perro lampiño. Es esa sensación de eternidad que nació en el 2018, esa que no pude soportar. Que partió de Inmortalizar tu cuerpo desnudo en el piso frío del cuarto, o las canciones que grabamos juntos.
Que de ausencia de amor, si me puedo morir, que ya me morí y que prefiero estar así muerta, a que vivir con la migraña de saber que una llamada mía no hace más que acumular una notificación en tu celular.

Imagen: ig @the.cut.up
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